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Una doble lectura del patrimonio / Santa María de Valdeiglesias y Mariano García Benito, por Daniel Rincón de la Vega

Aunque el monasterio de Santa Maria la Real de Valdeiglesias es considerado el tercero en importancia de la Comunidad de Madrid, tras el Escorial y el Paular, su calidad no le eximió del expolio y el abandono durante los siglos XIX y XX. A salvo de la destrucción gracias al arquitecto Mariano García Benito, el conjunto se enfrenta ahora a otro peligro: la congelación oficial.

La azarosa historia de Santa Maria de Valdeigleslas ilustra este cambio de actitud de la sociedad hacia el patrimonio edificado, una actitud que merced a la normativa impide cualquier planteamiento funcional y espacial y que concede la primacía a las ruinas frente a esta doble lectura, específicamente proyectual y, por tanto, arquitectónica. La intervención de José Ignacio Linazasoro en la iglesia de Valdemaqueda y la de Juan Luis Trillo y Antonio Martinez en el convento de San Agustín de Jerez de la Frontera constituyen dos pertinentes ejemplos de las posibilidades que brinda este planteamiento.

 

… ruinas abandonadas en un desierto, calcinadas por un sol implacable, cubiertas de polvo, olvidadas por los hombres…
Pío Baroja, «Camino de perfección»

La actitud que la sociedad española ha mantenido respecto al patrimonio arquitectónico durante el siglo XX ha variado, como en muchas otras cuestiones, de un extremo a otro. La indiferencia hacia lo construido representó el comportamiento mayoritario durante el primer cuarto del siglo pasado. Por más que puedan encontrarse excepciones concretas, las ciudades fueron susceptibles de ser transformadas, haciéndose aquellas modificaciones consideradas necesarias en su momento.

En Madrid los ejemplos son tan abundantes como diversos, desde la sustitución de palacetes a la apertura de la Gran Vía. La destrucción que se produjo durante la Guerra Civil acabó con una multitud de edificios y redujo otros tantos a ruina, siendo la mayoría de ellos sustituidos por otros nuevos durante la posguerra. Inmersa en pleno desarrollo económico, la sociedad de los sesenta y setenta tampoco deparó trato especial alguno hacia lo edificado.

Aunque esta indiferencia no alcanzó las cotas de algunas de las propuestas más radicales de la modernidad, como el plan Voisin de Le Corbusier, seguramente tiene más puntos en común con ellas que con el conservacionismo actual. Interesa destacar este aspecto puesto que si ha habido una corriente generalmente asociada con la indiferencia o el desprecio hacia la ciudad existente, ésta ha sido la modernidad (1).

La situación española es un buen ejemplo de que, a pesar de haber mantenido una actitud similar, los enfoques historicistas y académicos han disfrutado de una consideración de la que ha carecido la arquitectura del Movimiento Moderno, puesta bajo permanente sospecha.

No debería extrañarnos, por tanto, que algunos pasados sean valor seguro hoy día, independientemente de su calidad arquitectónica o artística, y que así se defienda su persistencia. Es por ello que, quizás como respuesta a determinados excesos de tiempos anteriores, la indiferencia se ha convertido en sacralización.

De los esfuerzos institucionales realizados en nuestro país destacan la ley de 1933 sobre defensa, conservación y acrecentamiento del patrimonio histórico-artístico nacional y las actuaciones de las Direcciones Generales de Arquitectura y Bellas Artes en la posguerra, que culminaron en la exposición Veinte años de restauración monumental de 1958. Tan relevante como la acción de los mencionados organismos se antojan las iniciativas de personajes como Juan Antonio Gaya Nuño, autor de La arquitectura española en sus monumentos desaparecidos, o Francisco Prieto Moreno, conservador de la Alhambra, pero asimismo de arquitectos modernos como Javier Carvajal (2).

No ha sido hasta las últimas décadas que esta actitud hacia el patrimonio ha calado en la sociedad española, seguramente consecuencia de encontrarnos en una sociedad madura que incorpora preocupaciones debidas a un mejor desarrollo.

Prácticamente ausente en la mayoría de los encuentros, acuerdos y cartas relacionados con el patrimonio del siglo XX, no fue hasta los años ochenta cuando se ratificó el acuerdo adoptado por la UNESCO en la Convención del Patrimonio Mundial en París a finales del año 1972 (3). El documento, de ambiciosos objetivos, trató de establecer las medidas para proteger y conservar el patrimonio cultural y natural. Alertaba el texto de los peligros de una sociedad moderna que podría por desinterés no sólo acabar con parte del patrimonio, sino algo peor: alterarlo, transformarlo, modificarlo.

Para evitar repetir errores del pasado, se planteó la creación de una «Lista del patrimonio mundial», complementada por una «Lista del patrimonio mundial en peligro». En esta última únicamente figurarían aquellos bienes en riesgo amenazados por peligros graves y precisos como la amenaza de desaparición debida entre otras razones a un deterioro acelerado, rápido desarrollo urbano y turístico, destrucción debida a cambios de utilización o de propiedad de tierra o abandono por cualquier motivo.

Resulta significativa la equiparación de una hipotética destrucción debida a un cambio de uso del bien con cualquiera de los otros riesgos, pero especialmente paradójica si se contrasta con el abandono. Parece, por tanto, que de la aplicación de los preceptos adoptados en el acuerdo de la UNESCO se limitaría el destino de los bienes, condenados a mantener su antiguo uso, compartiendo así tanto el espíritu como muchos de los planteamientos de otras cartas y acuerdos específicos del patrimonio artístico.

El contenido de estos documentos (4) fue depurándose, incorporando nuevos planteamientos conforme avanzó el siglo y en general ampliando el objeto de su protección -incluyendo jardines o bienes subacuáticos-, desde la Conferencia de Atenas de 1931 hasta la reciente Carta del Patrimonio Vernáculo Construido, de 1999.

En España esta tendencia ha sido mantenida en las diversas normativas autonómicas que han ido surgiendo tras la aprobación de la Ley del Patrimonio Histórico Español de 1985 (5). Los diversos textos han incrementado paulatinamente las exigencias sobre los bienes construidos, hecho que en general ha limitado las posibilidades de utilización de los mismos. Al margen de aspectos generales, conviene destacar los objetivos que las distintas normativas exigen en la intervención en un Bien de Interés Cultural, puesto que el respeto o la conservación de las características tipológicas de ordenación espacial, volumétricas y morfológicas se repite casi de forma literal al menos en once (6) de los diecisiete textos.

También plantean la mayoría de las normas (7) -doce de diecisiete- ­la exigencia de que cualquier cambio de uso en un edificio sea autorizado por la entidad autonómica correspondiente, confirmando la relación con la tendencia general adoptada por la Convención del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Más llamativo resulta aún el tratamiento que la mayor parte de las normas autonómicas dispensan a los edificios en estado de ruina, pues sólo una minoría de las leyes (8) vincula este estado a la obligación de conservación de los propietarios.

Al margen de la teórica obligación de conservar y de hipotéticos estímulos -que siempre tardan en llegar y están sujetos a vaivenes políticos-, el resultado fundamental de este vacío legal es que en numerosas ocasiones resulta más ventajoso el abandono que la conservación. Es interesante, por último, mencionar un potente instrumento al servicio de las administraciones, que corrobora un incremento en las exigencias en las intervenciones sobre los bienes construidos: la discrecionalidad.

En las normativas de Andalucía, Murcia y Navarra, no extrañamente las tres más recientes, toda intervención en un Bien de Interés Cultural está sujeta a la obtención de un permiso por parte de la correspondiente entidad, pero ésta no está obligada a resolver; transcurridos uno o varios meses el silencio administrativo se considera desestimatorio de la petición (9). El proceso se completa con los instrumentos metropolitanos -Planes Generales-, que mediante los catálogos de protección seleccionan aquellos inmuebles que deben ser conservados.

Éstos constituyen una interesante herramienta al servicio de las ciudades, puesto que permiten valorar elementos del patrimonio local que suelen pasar desapercibidos a escala regional o nacional, complementando así el catálogo de Bienes Culturales realizado por las entidades autonómicas. La perspectiva local, origen de la virtud de los catálogos, es, sin embargo, causa de dos defectos relacionados entre sí: la reciente obsesión de los políticos con el patrimonio y el desinterés de algunos autores de los inventarios.

Ambas situaciones desembocan inevitablemente en excesos en la catalogación, en unas ocasiones porque se protegen edificios más como consecuencia de su valor sentimental que arquitectónico, en otras porque su inclusión es el resultado de un análisis excesivamente superficial (10).

Las consecuencias principales de esta actitud de las administraciones son tanto la catalogación de edificios de discutible valor arquitectónico como que en la mayor parte de las ocasiones los inmuebles catalogados se acaban convirtiendo en edificios congelados, con el mencionado agravante de que en muchas de las normativas la conservación queda como una mera obligación de cuyo incumplimiento no se derivan consecuencias.

Persiste en algunas ocasiones el retraso que suponía que para los edificios de interés su análisis e inclusión en un catálogo de protección estuviera supeditado a largos procesos burocráticos, pero en general ha sido sustituido por una catalogación preventiva. Aunque este posible retraso presenta gran importancia en aquellos casos en que los bienes se encuentran muy deteriorados, se antojan de mayor relevancia -entiéndase lesiva- las reservas que las administraciones plantean respecto a la implantación de un nuevo uso y la conservación del hipotético carácter del edificio, instrumentalizadas mediante la discrecionalidad de las distintas normativas.

Esta situación traslada el debate a discusiones ya mantenidas en el pasado. Si como ha afirmado el profesor Capitel, de Ruskin debería extraerse la convicción de que toda intervención en un edificio existente representa un cambio, de Viollet habría que considerar sobre todo la lectura funcional que realiza en su Dictionnaire en la voz restauración: el mejor modo de conservar un edificio es encontrarle un destino (11).

Resulta significativo que habiendo transcurrido un siglo y medio desde que estos planteamientos fuesen enunciados no hayan sido interiorizados no ya por la sociedad, sino siquiera por aquellos especializados en la disciplina (12), como muestran muchos de los escritos teóricos sobre restauración -especialmente los relacionados con Italia- y la postura de las distintas administraciones respecto a los cambios de uso y al mantenimiento de las características tipológicas de los inmuebles (13).

En este contexto se propugna desde estas líneas una doble lectura del patrimonio, funcional y espacial, como opción alternativa al enfoque del restauro conservativo, predominante en Italia y cada vez más común en España, pero que no es más que otro de los posibles enfoques.

El planteamiento enunciado consiste en considerar que los valores espaciales y funcionales, por su carácter intrínseco a la propia arquitectura, constituyen una posible e inexplorada vía de intervención en el patrimonio arquitectónico (14). Espacio y uso representarían así una aportación específica de la arquitectura a la restauración, una invariante situada por encima de los debates disciplinares propios de este campo.

Como han valorado numerosos críticos -Giedion, Zevi o Pevsner, por citar algunos-, la construcción del espacio es uno de los valores específicos de la arquitectura. Resulta por tanto llamativo que ni en la Carta del Restauro de 1972 ni en la Teoría del Restauro enunciada por Cesare Brandi aparezca la cualidad espacial de la arquitectura. Este hecho es de gran relevancia dada la influencia de los planteamientos de Brandi en el campo de la restauración.

Si la Carta habla de masas, la teoría del historiador italiano soslaya en todo momento que esas masas se construyeron para definir espacios. Cita el autor a John Dewey (15) en cuanto a que la obra de arte debe ser experimentada estéticamente obviando que un edificio en ruinas no puede ser experimentado desde un punto de vista arquitectónico. Y aunque menciona que la restauración es comúnmente entendida como el proceso de devolver la eficiencia a un producto, seguidamente aclara que el restablecimiento de la funcionalidad es un aspecto secundario de la misma (16).

En las instrucciones para la intervención en monumentos arquitectónicos, que figuran en los apéndices, tampoco aparece mención alguna al espacio salvo para justificar la conservación de zonas adyacentes a edificios en cuanto exterior -esto es, fachadas-, por cuanto la espacialidad propia del monumento es coexistente al espacio ambiente en que éste ha sido construido. Cabe por último destacar que Brandi concluye el capítulo con la discutible convicción de que lo expuesto comprende toda la problemática de la restauración monumental en cuanto se refiere a la peculiar estructura espacial de la arquitectura (17).

Frente a la valoración de los restos arqueológicos como un objeto de culto (18) se propone la utilización de los edificios y la consideración de sus características espaciales sin limitaciones previas. Aunque evidentemente existirán ejemplos en los que plantear cambios espaciales o tipológicos supondría una equivocación debido al gran valor arquitectónico de los inmuebles, en muchos otros -seguramente en la mayoría- una acertada intervención arquitectónica representaría una puesta en valor del edificio y una evidente mejora respecto a aquéllos en estado de ruina. Al tiempo, la utilización de esos edificios garantizaría su conservación.

Vista del primer pliego del artículo sobre patrimonio / Santa María de Valdeiglesias y Mariano García Benito

Monasterio de Santa María la Real de Valdeiglesias

La consideración de estas dos lecturas supondría así un término medio entre la indiferencia que la historia siempre ha mostrado respecto a lo construido y el sobre­proteccionismo de los últimos treinta años. Una visión quizás más equilibrada y seguramente más operativa, y por lo tanto, más sostenible. Este enfoque probablemente permitiría que se evitasen casos como el del monasterio de Santa María la Real de Valdeiglesias [figuras 01 a 04], que situado en Pelayos de la Presa, Madrid, constituye el tercer monasterio en importancia de la Comunidad junto al Escorial y al Paular.

Fundado por Alfonso VII en el siglo XII y consolidado por la orden del Císter, el monasterio ha experimentado avatares diversos desde su construcción. Sufrió dos graves incendios, uno en el siglo XIII y otro en el XVIII, recibió la visita de las tropas napoleónicas y fue a parar a manos de particulares tras la desamortización de Mendizábal en 1836. Con ello no sólo pasó a ocupar un lugar en olvido, sino que fue ferozmente expoliado hasta que en la década de los setenta salió a la venta como ruinas (19).

Tanto el hecho de que el conjunto no fuese incluido por Eliel Lambert en su mapa de monasterios cistercienses españoles como el que tampoco aparezca mención alguna en la Historia de la arquitectura española de Fernando Chueca dan idea de su abandono. Irónica coincidencia resultó que un arquitecto leyese el anuncio en un periódico madrileño e intrigado por el texto del mismo se decidiese a llamar.

Poco tiempo después de la visita, en marzo de 197 4, este arquitecto salvó de su desaparición definitiva al monasterio, pues nada impedía que cualquier otro comprador hubiera demolido el conjunto y parcelado la finca para construir allí chalés (20). Tras su adquisición Mariano García Benito (21) dedicó sus esfuerzos a la conservación y restauración del mismo. Estas actuaciones comenzaron con el cierre de la propiedad para evitar el saqueo y siguieron con la promoción para su catalogación como Monumento Histórico Artístico de carácter nacional -conseguida en 1983- y la restauración de la torre campanario en 1987.

Durante este tiempo, a pesar de que García Benito no ha cesado en su esfuerzo por lograr que el edificio se conservase de la mejor manera posible, algunas partes han sufrido daños irreversibles. Los nervios de una de las bóvedas que quedaban en la iglesia se cayeron recientemente, al tiempo que las solicitudes de protección a las administraciones correspondientes se diluían en el laberíntico proceso burocrático.

Esta circunstancia otorga si cabe una mayor relevancia al estudio histórico artístico realizado por el arquitecto en 1988 y publicado en 2004, bajo el amparo de una fundación creada para garantizar el mejor futuro al edificio. La parte escrita desgrana la historia del conjunto desde su fundación con eficiencia detectivesca, rastreando incluso el destino de piezas como la sillería del coro, que fue trasladada a la catedral de Murcia.

Estos textos se complementan con numerosas fotografías y con una extensa y rigurosa planimetría. Los planos [figuras 05 a 11] recogen las plantas y alzados del conjunto completo, detalles de elementos singulares como las portadas de acceso a la sacristía, y una restitución del conjunto en su estado anterior tan precisa que permitiría incluso la controvertida anastilosis o restauración mimética. Dentro de las peculiaridades que presenta el conjunto cabe destacar la regularidad de su trazado, sorprendente considerando el largo periodo de construcción del edificio, casi siete siglos [figura 12].

Vista del segundo pliego del artículo sobre patrimonio / Santa María de Valdeiglesias y Mariano García Benito

Las primeras construcciones se situaron en torno a la capilla mozárabe, que quedó dentro de un conjunto en «u» dispuesto en torno a un patio casi rectangular, y cerrado por un muro en el cuarto de sus lados. Desplazada por esta capilla hacia el norte quedó la iglesia, girada respecto al ángulo del resto del conjunto. Fue seguramente la existencia de esta capilla mozárabe la que condicionó la planta del conjunto dando como resultado un espacio de gran singularidad que hace de articulación entre la iglesia y el claustro construido en el periodo gótico.

Como ha afirmado en el estudio histórico artístico García Benito, escasean los ejemplos similares en los periodos románico y gótico de la arquitectura española, ya que normalmente el claustro se situaba en contacto directo con uno de los lados de la iglesia (22). Los techos de las galerías del claustro presentaban una serie de bóvedas ojivales de las que sólo se conserva un fragmento. Durante el renacimiento se construyó la segunda planta del claustro y la hospedería, rematada con una torre campanario, en la parte oeste.

Las novedades aportadas en el barroco fueron una nueva portada para la iglesia, que al igual que en otros esquemas cenobiales presentaba un acceso independiente al convento, y unas bodegas excavadas bajo el conjunto. Estas bodegas contaban con dos accesos y se dispusieron según un esquema lineal. Ambas entradas se realizaban desde el exterior del monasterio, una de ellas adyacente al comedor. Es notable su calidad espacial y aún más su construcción, que discurre por debajo del conjunto y delata un estimable dominio de la cantería, una obra difícil y compleja incluso desde una óptica actual.

Considerada la actitud general respecto al patrimonio ya expuesta resulta difícil sorprenderse por el destino sufrido por el monasterio de Santa María la Real de Valdeiglesias, que ha pasado del abandono y el expolio a la congelación oficial (23). De ahí la propuesta de una doble lectura, funcional y espacial, que contribuya a la puesta en valor de la gran cantidad de patrimonio edificado con que cuenta nuestro país. Aunque existen numerosas intervenciones (24) que podrían ilustrar esta actitud pocas son más pertinentes que las aportaciones de Antonio Martínez y Juan Luis Trillo, y José Ignacio Linazasoro.

Pertenecientes a una misma generación, la obra de ambos estudios se encuentra en un periodo de madurez como denota la actitud libre de prejuicios y ajena a modas pasajeras con que afrontan los proyectos. De Linazasoro, que cuenta con una dilatada experiencia en este campo con ejemplos como la iglesia de Medina de Rioseco o las Escuelas Pías en Lavapiés, interesa considerar la restauración de la iglesia de San Lorenzo Martir en Valdemaqueda. De Trillo y Martínez, autores de varios ejemplos de gran interés en Jerez de la Frontera, cabe analizar uno de ellos, la restauración del convento de San Agustín.

Las intervenciones en ambos edificios, iglesia y convento, merecerían ser consideradas sólo por su calidad arquitectónica. Pero es el hecho de que ambas propuestas aúnen los valores de la lectura planteada lo que confirma su idoneidad.

Iglesia de Valdemaqueda

La restauración de la iglesia de Valdemaqueda [figuras 13 a 15] fue encargada por la Comunidad de Madrid al arquitecto donostiarra en el marco de una serie de intervenciones destinadas a cualificar la región. La iglesia era de reducidas dimensiones y se componía de una cabecera gótica y una nave del siglo XVI. Esta nave fue destruida en los años cuarenta y sustituida al poco tiempo por una construcción de ladrillo enfoscado que debido a su pobreza fue estropeándose con el paso del tiempo. La intervención de Linazasoro tuvo por objeto sustituir la nave y restaurar la cabecera. La planta de la misma es el resultado de la agregación de un rectángulo, e·I crucero, y tres lados de un octágono, el ábside.

Espacialmente constituye una pieza de gran interés por su unidad: en el crucero la bóveda alcanza la máxima altura de la iglesia, resolviendo en el ábside la bóveda el contacto con los muros. Llama la atención la escasa iluminación natural existente en esta pieza, que recibe luz de una pequeña ventana en forma de tronera situada en el lado sur.

Estas características hacen que el crucero parezca ser una arquitectura excavada antes que una iglesia gótica, puesto que carece de la ligereza propia de este estilo. Ello seguramente se explica por el carácter periférico del pueblo; ya apuntó Chueca que salvo excepciones el gótico en España fue un gótico primitivo, mitigado, interpretado a la española, francamente mudéjar. La intervención de Linazasoro en la nave de la iglesia reúne muchas de las cualidades de su obra reciente, en la que se detecta su admiración -por él mismo reconocida- por arquitectos como Lewerentz o Van der Laan.

Puede apreciarse la consideración del edificio como suma de fragmentos, ejemplificada por la utilización de la portada renacentista de la iglesia, separada del muro, para establecer el acceso o por la aceptación de los elementos del edificio como partes de la composición. En el exterior el nuevo volumen dialoga con el existente sin caer en contrastes modernos ni en mimesis historicistas, confiando la integración no sólo a la elección del material, sino también a la formación del aparejo, que escapa de cualquier sistematicidad. La ausencia de huecos en las fachadas realza la importancia de la portada de acceso y contribuye a integrar el nuevo volumen con el antiguo.

En el interior, el uso de la luz y la textura como herramientas de proyecto capaces de sustituir al ornamento otorgan una cualidad singular a una pieza de pequeñas dimensiones. Los muros de granito, enjalbegados con cal, se desmaterializan con la luz proveniente de los lucernarios de cubierta, una vez más planteados de manera singular y no sistemática. El tránsito hasta el altar aparece planteado como un recorrido animado por la aparición de distintos episodios espaciales. El primero es el zaguán formado por la portada, reforzado su carácter de cuanto espacial por la luz procedente de la separación respecto a la nave.

Al acceder al interior, la pila bautismal ofrece un punto de luz en una fachada ciega y contrasta con el muro opuesto, iluminado por un lucernario y en el que se sitúa el via crucis. En ángulo recto se sitúa un pilar, alejado de cualquier eje, y el segundo de los lucernarios, que ocupa todo el ancho de la nave e indica mediante la luz el camino hacia el altar. La formación de las cubiertas otorga una cualidad singular a la nave y anima el tránsito por la misma, lo que constituye un planteamiento espacial novedoso, distinto a la construcción original y por tanto al repristino.

La propuesta elude los planteamientos de la ortodoxia moderna, que seguramente hubieran confiado en la seriación o en un orden más inmediato. El pequeño tamaño de la nave no ha sido inconveniente para que se consiga una gran riqueza espacial en una pieza capaz de establecer una relación de continuidad con la cabecera gótica. En relación con esto es especialmente significativo el sistema de construcción elegido, que destaca por su carácter tectónico.

La construcción adintelada constituye quizás una alusión al carácter mudéjar de la parte gótica y plantea un diálogo sutil entre ambas piezas, susceptible por tanto de ser interpretado a distintos niveles, Luz y textura componen un interior esencial que contrasta con el ornamento de la pieza excavada en un edificio que ha recuperado su uso. En la iglesia de Valdemaqueda la aportación arquitectónica y por tanto espacial de Linazasoro proporciona al edificio un valor patrimonial indudablemente mayor que el que tenía antes de la intervención.

Vista del tercer pliego del artículo sobre patrimonio / Santa María de Valdeiglesias y Mariano García Benito

Convento de San Agustín

Enclavado en el centro histórico de Jerez, frente al Alcázar, el convento de San Agustín [figuras 16 y 17] se encontraba en el más absoluto abandono desde que el Estado cedió el conjunto al municipio en la década de los ochenta. El edificio forma parte de un conjunto mayor en el que existían un claustro y una iglesia pertenecientes a la orden de los agustinos. Aprovechando las virtudes de la construcción en torno a patios propia del tipo, los agustinos convirtieron a su llegada el hospital existente en convento en el siglo XVII. Al igual que el monasterio de Santa María de Valdeiglesias, el conjunto fue ocupado a comienzos del siglo XIX por las tropas francesas.

La partida del ejército napoleónico no revirtió la situación, pues previa desamortización quedó destinado para uso militar hasta prácticamente la intervención de los arquitectos sevillanos. La iglesia, en una situación no exenta de ironía, fue demolida en los años veinte y en el solar resultante del derribo se construyó un edificio de viviendas para funcionarios de la administración, de escasa calidad arquitectónica. El conjunto estaba por tanto ordenado según la tradicional disposición en torno a patios de trazado regular que articulaban los distintos edificios.

La intervención de Trillo y Martínez planteaba la restauración por fases del conjunto completo, y dio comienzo con el inmueble más pequeño de los dos, conocido como edificio de novicios. Ordenado en torno a un patio originalmente cubierto con una montera, contaba con una construcción anexa de planta trapezoidal situada en el lado oeste del conjunto dando a la calle Puerto, unidos ambos en torno a un pequeño patio de luces. A su mal estado de conservación hay que añadir las reformas realizadas durante su uso como cuartel, que llegaron a dividir el patio en dos zonas mediante un muro. El proyecto de los arquitectos sevillanos tuvo como objetivo adecuar el edificio para ubicar en él un programa mixto: espacios de representación, sala de exposiciones y despachos.

Con la libertad que brindaba el hecho de que el conjunto no se encontraba incluido en el Catálogo del Plan General de la ciudad, la estrategia adoptada fue la de eliminar aquellas partes construidas durante la ocupación militar, subrayando las trazas originales del edificio. Resultado de este enfoque quirúrgico fue tanto la conservación y restauración de la arcada del patio y la fachada a la calle Puerto como la demolición de la crujía que unía ambos inmuebles.

Ello permitió generar un patio de ingreso que incide en el carácter público de la propuesta a la vez que posibilita que cada pieza adquiera autonomía formal, destacando así el carácter principal del edificio que alberga el antiguo patio de novicios. El bloque trapezoidal, que cuenta con dos crujías, alberga el acceso principal al edificio desde la calle Puerto y los despachos individuales en dos niveles.

Éstos se sitúan en la crujía exterior, aprovechan do su presencia urbana, comunicados por una escalera mueble que contiene los aseos. El desplazamiento en planta de la escalera resalta su singularidad y expande el espacio hacia el edificio de Novicios, que tiene un tercer nivel ya que aprovecha la altura original del bloque. Altura, arquerías y traza del patio son por tanto lo único que se conserva de éste. La cuidadosa elección de los huecos, sus dimensiones y su reducido número, resaltan el carácter institucional del edificio en la ciudad por contraste con el conjunto adyacente.

Resueltas el resto de necesidades funcionales en el bloque de la calle Puerto, se planteó el uso del edificio de Novicios como espacio expositivo y oficina paisaje, lo que permitió destacar sus valores espaciales. La planta baja acoge así la zona de exposición y las oficinas ocupan los dos niveles superiores.

En respuesta a las necesidades de espacio, Trillo y Martínez cubren el patio para disponer de su superficie, pero evitando la previsible actitud convencional que hubiera utilizado una montera. Un forjado permite hacer uso de la planta del patio en dos niveles distintos, las plantas baja y segunda. El aprovechamiento del espacio no resulta exhaustivo, ya que se respeta el volumen teórico del patio incidiendo en su carácter unitario.

Este vacío aparece animado por la luz natural que aparece de diversas formas, con un lucernario en la cubierta que atraviesa la segunda planta activando así la parte superior del espacio y un patio abierto en lo que antes era uno de los lados del claustro. La galería se ha convertido en un espacio de cielo libre, ocupado por una lámina de agua que refleja la luz hacia el interior y permite sesgadas visiones del cielo. El patio de novicios [figuras 18 y 19] aparece así como si hubiera sido tallado en un interior, constituyendo un espacio absolutamente novedoso, convertido mediante la luz en el negativo del tipo, un ejemplo extraordinariamente singular de transformación en la arquitectura española y una auténtica inversión tipológica.

Ambas propuestas reúnen como se ha visto cualidades propias de la arquitectura como disciplina y constituyen dos ejemplos de las posibilidades que brinda la doble lectura del patrimonio. En ambas se produce un aprovechamiento funcional, destinándose los edificios a un uso del que carecían hasta la intervención.

El planteamiento espacial representa en ambas una novedad respecto al estado original de los edificios, algo que va más allá de la mera restauración y el repristino y que sitúa la tipología como un mero punto de partida. Esta alteración del uso anterior, del espacio y de la tipología representa por tanto en los casos expuestos una indudable aportación patrimonial, una mejora del valor arquitectónico de estos edificios.

Claro que esta actitud respecto al patrimonio no es ni mucho menos nueva. Algunos de los mejores ejemplos de la historia de la arquitectura han sido edificios construidos en el tiempo, edificios que han contado con la aportación de distintas épocas. Conjuntos como la mezquita catedral de Córdoba o la Alhambra de Granada muestran que, realizada con la sensibilidad oportuna, la construcción en el tiempo da como resultado edificios vivos y conjuntos de mayor riqueza y singularidad. Y si la utilización aparece como el mayor garante de la conservación de edificios como los mencionados monumentos hispano-musulmanes probablemente es la única vía para edificios de menos valor patrimonial.

Esto resulta especialmente pertinente para países con gran cantidad de patrimonio, como España, en los que no siempre es posible adecuar los edificios singulares como museos u otros usos civiles (25). De ahí que convenga incorporar al debate aquellas componentes específicamente arquitectónicas, incidiendo en la cualidad del proyecto como aportación patrimonial e independiente del uso al que se destine el edificio. El que la normativa española pueda encontrar caminos más flexibles representa seguramente la única esperanza para todos aquellos edificios que no han tenido la fortuna de encontrarse con García Benito.

De no ser así es posible que Ignacio Abel, el protagonista de La noche de los tiempos, no sea el único arquitecto que estuvo trabajando para construir ruinas futuras.

Notas

  1. Que la modernidad ha sido generalmente tildada de despectiva o indiferente hacia la ciudad histórica resulta del dominio público. La inhospitalidad de nuestras ciudades, obra de Alexander Mitscherlich, psicólogo de la Escuela de Frankfurt, fue publicada en España por Alianza en 1969 y constituye sólo uno de los numerosos ejemplos que podrían mencionarse. No obstante, esto no implica que ese desprecio sea real y tampoco que ésta sea una hipotética singularidad del moderno, pues como se afirma, otros estilos disfrutaron de privilegios de los que la modernidad careció.
  2. Véanse las críticas del arquitecto a la desaparición de los palacetes de la Castellana en ‘Una entrevista de hace 20 años», en Javier Carvajal. «Arquitectura Española Contemporánea», Madrid: Munilla-Leria, 2000. Pp. 138-141.
  3. Es significativa esta distancia temporal entre la aprobación del texto y su confirmación por nuestro país, que cronológicamente fue el número sesenta y tres en dar el visto bueno al acuerdo. Bulgaria, Sudán, Irán, Ghana, Etiopía, Panamá, Nepal, Honduras, Nicaragua o Haití son algunos de los Estados que aprobaron el texto con anterioridad. la ratificación del acuerdo por parte de nuestro país se realizó en el Boletín Oficial del Estado de fecha 1 de julio de 1982. Esta información puede consultarse en la página web oficial de la UNESCO: http://portal.unesco.org/la convention.asp?KO= 13055&language=S
  4. Las cartas, acuerdos y normativas generales sobre el patrimonio del siglo XX aparecen recogidas en numerosos libros, nacionales e internacionales, y asimismo están presentes en varios sitios web. Véanse por ejemplo las direcciones de la organización ICOMOS, http://www.intemational.icomos.org/home.htm, del Ministerio de Cultura, http://www.mcu.es/ patrimonio/, o el tomo 1 del Tratado de Rehabilitación: AAVV. Teoría e historia de la rehabilitación. Madrid: U.P.M. y Munilla­-Leria, 1999.
  5. Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español, publicada en el B.O.E. del 29 de junio de 1985.
  6. Las comunidades en que aparece esa exigencia son Asturias, Baleares, Canarias, Castilla y león, Cataluña, Extremadura, Galicia, la Rioja, Madrid, Murcia, Valencia. Las distintas normativas pueden consultarse en la mencionada página web del Ministerio de Cultura.
  7. Las comunidades en que aparece esa exigencia, ya sea de manera expresa o indirecta -como consecuencia de la aplicación de algún artículo- son Andalucía, Asturias, Baleares, Canarias, Castilla y león, Cataluña, Galicia, la Rioja, Madrid, Murcia, Navarra, Valencia.
  8. Son únicamente seis las Comunidades Autónomas que vinculan la ruina a la responsabilidad de los propietarios de mantener el inmueble: Asturias, Castilla y león, Extremadura, Galicia, La Rioja y Valencia, obligando a la reposición del bien a su estado primigenio en caso de que la ruina haya sido resultado de una mala conservación.
  9. En el artículo 36 de la ley Foral 14/2005, de 22 de noviembre, del Patrimonio Cultural de Navarra se expone que la solicitud se deberá resolver tras dos meses pudiendo en otro caso entenderse desestimada. En Murcia, el artículo 40 de la ley 4/2007, de 16 de marzo, de Patrimonio Cultural de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia fija en tres meses el plazo para informar, y en Andalucía el punto 4 del artículo 33 fija las condiciones referidas a plazos y forma con las mismas consecuencias.
    Esta no obligación de resolver también está presente en otros ámbitos de la normativa andaluza, como los Proyectos de Actuación y los Planes Especiales. Si su discrecionalidad resulta notoria, no menos relevantes son las hipotéticas consecuencias del envilecimiento de tal medida.
  10. Un vistazo a casi cualquier catálogo de edificios protegidos de un Plan General de Ordenación Urbana muestra esta situación. Quien esto escribe ha tenido la oportunidad de encontrarse en su experiencia profesional con algunas catalogaciones muy discutibles: en Manzanilla, pueblo de la provincia de Sevilla, algunos inmuebles cuentan con protección integral cuando en la ficha correspondiente no se mencionan sus valores espaciales ni tipológicos. Destacan como ejemplos la vivienda situada en el número 5 de la calle Santo Cristo, en cuya ficha figura «Vivienda de tres ejes de vanos en fachada con cubierta plana. Lo más destacado de la misma es el friso de la entrada, el cual se une con el balcón de la planta alta otorgando una gran elegancia a la vivienda», y la bodega en calle Chucena n°7, en la que se recomienda mantener la composición y proporción de la fachada al tiempo que se soslaya su hipotética cualidad espacial. Más interesante resulta aún el catálogo del reciente Plan General de Marbella, que recoge edificios como la vivienda unifamiliar «Arroyo Guadalpín», situada en el n»20 de la calle Santa Ana -entre post-moderna y neo-vernácula, en versión local-, o el «edificio Maria 3» de la avenida Ricardo Soriano, un edificio comercial de mediocre construcción y convencional planteamiento.
  11. Citado en CAPITEL, Antón: Metamorfosis de monumentos y teorías de la restauración. Madrid: Alianza Editorial, 1988. Consultada la 2ª edición, Madrid: Alianza Editorial, 2009.
  12. Dicho esto puesto que se supone que los que legislan son, o cuentan con, personas especializadas en esta difícil disciplina.
  13. Tanto la mención a la destrucción debida a cambios de utilización que enunciaba el acuerdo de la UNESCO como la alteración del carácter de los edificios prohibida por la normativa andaluza son dos ejemplos significativos en este sentido.
  14. Resulta evidente que enunciar una teoría completa excede con creces el alcance de este artículo.
  15. Véase el capitulo primero «El concepto de restauración» del texto. Brandi, Cesare. Teoría del restauro. Torino, Giulio Einaudi editore s.p.a., 1977. Edición en español, Teoría de la restauración. Madrid, Alianza Editorial, 1988. Pg. 13.
  16. Brandi, Cesare. Op. cit. P. 13.
  17. Brandi, Cesare. Op. cit. Pp. 77-80.
  18. Consideración realizada por Juan luis Trillo y Alfonso Ruiz Robles hace ya dos décadas. TRILLO DE LEYVA, Juan Luis y RUIZ ROBLES, Alfonso. «Afijo Re». Periferia nº11, 1992; Pp. 54-63. Cabe destacar que esta visión espacial es compartida por arquitectos tan singulares como Oscar Tusquets, que con brillantez dialéctica denunció la preeminencia de las ruinas frente al espacio en el artículo «Elogio acalorado de las sombras». TUSQUETS BLANCA, Oscar. Más que discutible. 1ª edición Ensayo. Barcelona: Tusquets editores, 2002. Consultada la 1ª edición en Fábula. Barcelona: Tusquets editores, 2002; Pp. 11-32.
  19. El anuncio, que apareció en el diario ABC al menos el 27 de enero y el 6 de febrero de 197 4, recogía lo siguiente: «SESENTA kilómetros, Madrid, vendo ruinas, magnifico monasterio, con 4.500 metros cuadrados terreno. También venderla ccn 60.000 metros cuadrados en total…».
  20. Conversación con Mariano García Benito. 15 de septiembre de 2009.
  21. La aportación de Mariano García Benito a la historia de la arquitectura española no se limita a su intervención en el monasterio de Pelayos de la Presa. Tanto el edificio para Philips Ibérica como el Cuzco IV constituyen dos interesantes edificios de oficinas de Madrid.
  22. GARCÍA BENITO, Mariano: El monasterio cisterciense de Santa María de Valdeiglesias. Su arquitectura representada en los planos del arquitecto. Madrid: Ed. del autor, 2004. Esta característica de los claustros del románico y gótico español ha sido también apuntada por Antón Capitel, y puede apreciarse en ejemplos tan diversos como la colegiata de Santillana del Mar o el monasterio de Poblet. CAPITEL, Antón: La arquitectura del patio. Barcelona: Gustavo Gili, 2005; Pp. 23 y 91.
  23. Varias de las iniciativas planteadas por el arquitecto tuvieron que ser descartadas debido a la protección que afecta al edificio. Conversación con Mariano García Benito. 15 de septiembre de 2009.
  24. Se han realizado en las últimas décadas numerosas intervenciones en el patrimonio arquitectónico. Al margen de las expuestas cabría destacar, por su importancia y carácter polémico, la restauración del teatro romano de Sagunto realizada por Manuel Portaceli y Giorgio Grassi, recurrida ante los tribunales. Como afirmó el arquitecto español el objetivo de la intervención fue hacer inteligible el tipo a través de la restitución del espacio arquitectónico del teatro y así poder hacer uso del edificio. En Portaceli, Manuel. «La rehabilitación del teatro romano de Sagunto». Cuadernos de arquitectura romana, nº2, 1993; Pp. 43-45.
  25. Es público y notorio el abandono y deterioro en que se encuentra gran parte del patrimonio en determinadas zonas de Extremadura, Castilla-La Mancha y Castilla y León, zonas enormes con escasa densidad de población.

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