La construcción industrializada gana relevancia en el ámbito residencial por su capacidad para optimizar procesos, acortar plazos y elevar el control sobre la ejecución. Su alcance trasciende la fabricación en entornos controlados: permite integrar desde las primeras fases de diseño los sistemas que definirán el funcionamiento del edificio durante toda su vida útil.
En un escenario de electrificación progresiva, esta planificación cobra especial importancia. La infraestructura eléctrica, las redes de comunicaciones y los sistemas de gestión energética deben incorporarse a la concepción arquitectónica del edificio. De su definición depende la capacidad de la promoción para integrar nuevos usos eléctricos, autoconsumo, generación distribuida, almacenamiento y herramientas de control.
El PERTE de Industrialización de la Vivienda, presentado en mayo de 2025, sitúa este modelo entre las prioridades del sector. Contempla una inversión pública de 1.300 millones de euros y plantea alcanzar una capacidad de producción de 15.000 viviendas industrializadas al año, con el objetivo de llegar a 20.000 anuales en la próxima década. Este avance requiere una coordinación más estrecha entre arquitectura, ingeniería, fabricantes, constructoras e instaladoras desde la fase de proyecto.
En este contexto, la instalación eléctrica adquiere una función estructural. De ella dependen la electrificación de los usos térmicos, la integración de generación fotovoltaica, la recarga de vehículos eléctricos, la incorporación de equipos conectados y la capacidad de gestionar la demanda.
La electrificación residencial abarca la climatización mediante bombas de calor, la producción de agua caliente sanitaria, la cocina de inducción, el autoconsumo fotovoltaico, los sistemas de acumulación y la recarga de vehículo eléctrico. Cada promoción presenta necesidades distintas, pero todas comparten un requisito: disponer de una infraestructura preparada para incorporar estas soluciones de forma ordenada, segura y escalable.
Esto exige resolver aspectos concretos durante el diseño: previsión de potencia y ampliabilidad en los cuadros eléctricos; reservas de canalización entre aparcamiento, cubierta, zonas comunes y viviendas; ubicación de equipos; espacio para protecciones y comunicaciones y concentradores de medida; y una estrategia de submedición que diferencie consumos comunes, privados y asociados a nuevos servicios energéticos.
Estas decisiones apenas se perciben en el momento de la entrega, pero determinan la capacidad de adaptación de la vivienda durante décadas. La industrialización facilita su resolución mediante una mayor definición de componentes, recorridos e interfaces. El trabajo previo permite validar compatibilidades antes de la fabricación y el montaje, reducir incidencias en obra y mejorar la trazabilidad de la instalación.
La digitalización completa esta estrategia. El aumento de cargas eléctricas y sistemas distribuidos requiere información fiable sobre su funcionamiento. Medidores, analizadores de red, sensores y dispositivos conectados proporcionan datos sobre consumos, curvas de carga y operación de los equipos. Esta visibilidad permite identificar desviaciones, localizar consumos anómalos y evaluar el rendimiento real de las instalaciones.
En una promoción residencial, la gestión se distribuye entre distintos ámbitos. Las instalaciones centralizadas y las zonas comunes (climatización, iluminación, bombeos, producción de agua caliente sanitaria o recarga) requieren supervisión y control específicos. Las viviendas, a su vez, pueden incorporar automatización y herramientas de gestión energética adaptadas a las necesidades de cada usuario.
Desde esta perspectiva, Schneider Electric plantea la infraestructura eléctrica y digital como una capa clave para que la vivienda industrializada pueda operar con mayor eficiencia desde su puesta en marcha. Soluciones como EcoStruxure Building Operation, de Schneider Electric, aportan una capa de supervisión para centralizar la información de los sistemas de edificio y facilitar una gestión integrada de las instalaciones. Su valor reside en convertir datos operativos en decisiones: ajustar horarios y consignas, detectar incidencias, planificar intervenciones de mantenimiento y seguir la evolución de los consumos.
Por ello, la conectividad, los puntos de medida y la interoperabilidad entre sistemas deben definirse desde el inicio, al mismo nivel que los recorridos eléctricos, los patinillos o los espacios técnicos. Esta planificación proporciona al edificio una base digital sólida desde su puesta en marcha y facilita su evolución conforme cambian las necesidades de uso.
El enfoque también refuerza la gestión del ciclo de vida. La industrialización aporta precisión, repetibilidad y trazabilidad en la fabricación e instalación de los componentes. La digitalización mantiene la visibilidad sobre estos activos durante la operación. Ambas capacidades acercan el comportamiento real a las previsiones de proyecto y facilitan el mantenimiento, la actualización y la sustitución de los equipos.
La oportunidad de la construcción industrializada residencial reside, por tanto, en combinar eficiencia constructiva y preparación operativa. Integrar desde el diseño la electrificación, la conectividad y la gestión energética permite desarrollar viviendas más eficientes, flexibles y preparadas para responder a la evolución del sistema energético.
Alberto Gutiérrez, Home Builders Sales Manager