¿Quién debe intervenir una obra? ¿El arquitecto que la creó, décadas después, sigue siendo el mismo? En este texto provocador, Rogelio Ruiz reflexiona sobre la legitimidad —y los riesgos— de intervenir en la propia obra arquitectónica con el paso del tiempo. Desde Le Corbusier hasta Souto de Moura, pasando por Lamela y el London Zoo, se analiza si el respeto al proyecto original debe imponerse incluso al deseo del autor. Un ensayo lúcido sobre memoria, identidad y restauración en la arquitectura moderna.
(Los edificios de tiempos pasados) no tenemos derecho a tocarlos. No son nuestros. Pertenecen en parte a los que los construyeron y en parte a todas las generaciones que nos seguirán. […] Tenemos libertad para destruir lo que hemos construido nosotros; pero aquello en lo que otro hombre empleó su fuerza y riqueza y vida para conseguirlo, sus derechos sobre él no pasan con su muerte.
Las Siete Lámparas de la Arquitectura, JOHN RUSKIN
INTRODUCCIÓN
Este texto de Ruskin recogido en la Lámpara de la Memoria, contiene una parte en la que no sé si se habrán detenido a pensar: “Tenemos libertad para destruir lo que hemos construido nosotros”. Por otro lado, Patricio de la Escosura dice en el libro España Artística y Monumental de 1842: “Que las obras antiguas deben en buena lógica restaurarse como las hubieran restaurado los mismos que las hicieron es un principio evidentísimo, cuya verdad, sin embargo, solo ahora empieza a reconocerse generalmente”.
Yo no lo tengo tan claro. Cuántas veces escuchamos a los científicos diciendo que nuestras células se renuevan cada cinco años, es decir, que nuestro cuerpo no es ya el mismo que era. Pero también nuestra forma de pensar varía y la conjunción de estrellas que es una obra que merece la pena, no se volverá a dar, con las mismas variables, nunca más. Una partitura puede ser interpretada en muchas circunstancias, por diferentes músicos y directores. La obra arquitectónica se proyecta para un lugar y en un momento (al margen de prefabricación en serie). Y cuando destaca sobre el resto, es porque precisamente ha dado en el clavo de lo que la primavera sagrada de Viena, Vers Sacrum, llamaba “el arte de su época”. Milan Kundera en Los Testamentos Traicionados, le da vueltas a este preciso tema, un capítulo se titula “¿Durante cuánto tiempo puede el hombre ser considerado como idéntico a sí mismo?”. Otro es “¿Dónde se encuentra la esencia estable del yo mismo?”. Y otro apartado de su libro es “Cambio de opinión como acomodación al espíritu de los tiempos”. Nos plantea casos de artistas que quieren que se queme parte de su obra y no se les respeta, también la obra que se quema por falta de respeto… Habla de Stravinski, que vivió un tercio de su vida en Rusia, otro en Europa occidental y otro en los Estados Unidos, y que contestaba de manera muy distinta, en entrevistas distanciadas más de veinte años, a la pregunta “¿Qué compositores le interesan más?”.
La casa de Burdeos de OMA o las Termas de Vals de Peter Zumthor están protegidas por ser patrimonio en sus respectivos países a pesar de su corta edad, pero no es la situación general en la que se encuentran las obras de arte contemporáneo que marcaron un hito. ¿Son hoy los mismos que entonces Rem Koolhaas y Peter Zumthor? Hace unos meses en la Bienal de Venecia, viendo la gran sala dedicada a las obras del estudio del suizo me venía a la memoria una frase que dijo cuando acabó las termas de Vals: “Yo sólo soy un carpintero que dice la verdad” y pienso si ahora sigue siendo el mismo, es decir si puede seguir diciendo aquello de “Quiero ser el autor de todos mis edificios”. Por otro lado, si alguien se reinventó veinte veces, ese es Koolhaas: periodista, arquitecto, urbanista, visionario, político… ¿Es él quien tiene más derecho a restaurar una de sus propias icónicas obras?
¿Cuánto de nosotros hay, de lo que fuimos, tras, por ejemplo, veinte años? ¿Por qué debemos tener el prurito de restaurar nuestra obra, en vez de dejar este trabajo para un especialista ajeno que la respete con un conocimiento científico y no artístico ni personal? Dicen que los médicos no deben tratar a sus familiares. ¿Quién es nuestro familiar más próximo sino nosotros mismos? A veces el autor no es la mejor opción para intervenir en su propia obra. Desde luego debe ser él quien mejor conozca la verdadera razón de la elección de los materiales, la voluntad espacial y lumínica deseada entonces… Pero muchas veces, esa obra preciosa, que tanto nos decía antes de necesitar ese restauro, fue fruto de una actitud innovadora, inconformista, nueva, que rasgó nuestra vista con el filo del momento. Su proyecto fue fruto de unas personas, los arquitectos, que llevamos en los genes la intervención egotista, y cuando, de nuevo interviene, ya no se trata de quien la hizo, aunque siendo aún en parte él mismo, quiere volver a ser novedad al repensarla, y no es lo que se busca ahora, tras tanto tiempo, sino el conservar el documento, el valor que lo hizo monumento de nuestra disciplina en aquel momento concreto. Vamos a ver una serie de ejemplos de grandes arquitectos intentando restaurar su propia obra.
LE CORBUSIER COMO RESTAURADOR DE SU VILLA SAVOYE
Es muy interesante, como análisis de los planteamientos que acabamos de comentar, aludir a la restauración de la Villa Savoye pretendida por el propio Le Corbusier y a los planteamientos que él mismo analiza. Teresa Carrau rememoraba esta situación en los actos de la Universidad de Valencia por el 50 centenario de la muerte de Le Corbusier, y para ello se refería también a un estudio magnífico que es el libro Les Heures Claires de Josep Quetglas, que va analizando con preciosismo cada uno de los pasos y proyectos que sobre la propia obra realiza Le Corbusier. Desde el punto de vista de la teoría de la restauración del movimiento moderno nos interesan mucho los planteamientos del visionario que, por otro lado, en lo que a sus ideas urbanísticas se refiere, fue siempre más bien un “destructor”. Sin embargo, cuando la que está en peligro de demolición es su “ojito derecho”: La Villa Savoye, el arquitecto dice: “Las casas pueden morir, como los hombres, pero si hay modo de salvarlas, tanto mejor”.
Muy elocuente es, como comentábamos antes, cómo incide en que el movimiento moderno nunca es motivo de catalogación: “el Sr Malraux, ministro de Asuntos Culturales de Francia, hizo clasificar esta casa como monumento histórico, aunque la ley francesa solo autoriza a honrar a los muertos”. También vemos cómo reflexiona sobre si somos los mismos después de un tiempo. “He aquí la villa nacida en 1929. Era limpia, clara y sonriente. Yo también lo era. Treinta años han pasado, cargados de peleas peligrosas”.
En 1960 Le Corbusier comienza a plantear el proyecto de la obra de restauración para convertirla “en una especie de Museo Le Corbusier” y realmente es bastante respetuoso. El acceso se realizaría peatonalmente desde el nuevo Instituto, cambia la puerta por una pivotante, tira algún muro, traslada al portero a la propia villa, adjunta notas de cambios de color y propone una carpintería más sencilla y metálica. Así y todo no le dejan intervenir en su propia obra y explica: “Se trata primero de repararla. Pudiera creerse que es sencillo, porque yo mismo la construí y porque se la quiere conservar como ejemplo de arquitectura contemporánea. ¡Pues no! Como esta casa que yo construí es ahora monumento histórico, ya no puedo tocarla, salvo si soy nombrado arquitecto de monumentos históricos. Así que aguardo.”
Finalmente es Dubuisson, arquitecto de patrimonio, el encargado de la obra aunque hace partícipe a Le Corbusier de sus decisiones. Le Corbusier dice en noviembre de 1964: “Los créditos ya han sido anunciados disponibles, las obras de reparación de la Villa Savoye van a empezar. He pensado hacerlo bien siguiendo lealmente la verdad, es decir reconstituyendo exactamente el estado primitivo de la construcción”. Esto lo escribía Le Corbusier nueve meses antes de morir, pero vamos, en realidad tendría que hacer lo que le dijese Dubuisson sin salirse del guión.
LA RESTAURACIÓN DEL GOBIERNO CIVIL DE TARRAGONA
La magnífica obra de Don Alejandro de la Sota tiene una serie de cambios durante su uso y después una cuidada restauración por parte de De la Sota y de Llinás y más tarde, tras fallecer el maestro, una nueva restauración de José Llinás sólo. Todo el proceso se estudia detalladamente en la tesis doctoral de Santiago Barges en la Universidad de la Coruña en 2004. Nos interesan varias situaciones recogidas en el texto, como el hecho de que De la Sota quisiese sustituir el falso techo de escayola por uno nuevo metálico, y no se le concedió el deseo (se habla en el texto de falta de presupuesto, aunque yo presiento que es más un respeto hacia el proyecto original); nos habla también de cómo se amplía una de las ventanas laterales en altura para que quien era gobernador civil durante la restauración, muy bajo, pudiera mirar mejor hacia el exterior; se introduce (Llinás) un pequeño perfil bajo el vuelo (entre la piedra de fachada y la cerámica inferior) por razones de goterón; se intenta pulir y mantener la piedra original, pero finalmente ante la imposibilidad se sustituye. También memoria incómoda, se cuenta cómo se cambia el escudo franquista por uno constitucional. Vemos pues que se trata de una intervención ejemplar en la que el autor está, pero también tiene en Llinás un apoyo indudable de un, además de grandísimo arquitecto, admirador incondicional de autor y obra.
PENGUIN POOL, LONDON ZOO
El texto anterior nos recoge una cita de Martín Capuleto en su libro “Arquitectura ‘efímera’ para la posteridad”, que explica la intervención sobre la piscina de pingüinos de London Zoo, obra de Lubetkin, quien fue invitado a su restauración para ampliar el tanque de buceo. La situación citada es que se encarga esta intervención a su autor Berthold Lubetkin, a un restaurador de English Heritage y a otro miembro del Ayuntamiento de Westminster. Lo curioso es que se deniega la propuesta de Lubetkin, artífice del proyecto inicial, por “no responder al espíritu del diseño original”. Por tanto, fue más importante respetar con el nuevo diseño el concepto original, por encima de la voluntad del que hace tantos años había sido su propio autor.
SOUTO DE MOURA
Hace años pasé un día con Eduardo Souto de Moura. Mientras comíamos recibió una llamada en la que le decían que querían intervenir en su Mercado de Braga. No le parecía una buena idea al que aún no era Pritzker. Sin embargo después vi publicado el gran desaguisado. Entre 1999 y 2001 convirtió, él mismo, aquella pasada de edificio en un centro cultural (¿?) eliminando el soberbio plano horizontal y mostrando, como ruinas helénicas, los pilares desmochados con las armaduras despeinadas… Yo me preguntaba aquello que decían nuestras abuelas a las primas con minifalda: “Si no te respetas tú, ¿quién te va a respetar?”.
Hace pocos meses volví a ver al maestro y en la conferencia que nos dio mostró que la actitud de Braga no había sido un capítulo aislado. Hablando de la Casa Quinta do Lago (1989), para mí su mejor obra de aquellas primeras viviendas, en el Algarve, nos explicó cómo, ya que se lo permitía el planeamiento y además el nuevo cliente le caía muy bien, destruyó media casa para ampliar un poco el salón y mejorar el acceso del coche… Y estaba contento, porque ahora pudo hacer más fino el plano del alero gracias a mejoras técnicas de las que entonces no disponía.
También explicó una intervención en la Fundación Serralves, obra proyectada por Álvaro Siza, donde introdujo en una sala un tabique diagonal en el centro para generar más espacio expositivo y comentaba que al decirle a Siza que le iba a enseñar lo planteado, este le contestaba “no quiero ver nada de eso”, mostrando una postura bien distinta hacia el valor, amor y respeto de su propia obra conclusa.
LAMELA SOBRE LAMELA
La ambiciosa y pionera obra que nos dejó el gran profesional, el arquitecto recientemente fallecido Antonio Lamela, las torres de Jerez (1967–1976), aún las recuerdo con la abeja encima, fueron una verdadera proeza y primicia en los años de su edificación. Cuando sucedió la desgracia de las Torres Gemelas de Nueva York se explicaba como la estructura era similar, siendo las americanas de 1973. Sin embargo, a finales de los ochenta se detectan verdaderos problemas de evacuación y hubo que intervenir, para lo cual se invita al mismo estudio que las había hecho y, como aggiornamento, introduce un elemento postmoderno, popularmente conocido como el enchufe, que altera la imagen original. Es cierto que la corriente posmoderna también se concretó en trayectorias como las de Saénz de Oiza, Philip Johnson o James Stirling. El mejor homenaje que le podríamos hacer a Don Antonio es recordar con admiración el momento prístino inicial.
REFLEXIÓN FINAL
En el año 2005 colaboré con los Sint-Lukasarchiefs de Bruselas en la exposición Red het modernisme. Architectuur uit het interbellum, Struggle for life. Architectuur na 1945 comisariada por Gilberte Claes entonces en Gante y ahora en la University of Hasselt. El tema de la exposición era precisamente, cómo muchos edificios de arquitectura moderna, brillantes, que no han recibido aún la protección patrimonial necesaria, sufren alteraciones impunes. En aquel foro se hablaba de los edificios que hacen peau neuve, es decir, torres que cambiaban su imagen exterior por razones térmicas y de “puesta al día”. Hoy estamos viendo como en nuestras ciudades con el pretexto de la eficiencia energética un buen número de edificios interesantes están desfigurando su aspecto exterior, echando a perder los esfuerzos creativos de las aún recientes generaciones pasadas.
¿Es sostenibilidad derrochar el esfuerzo creativo pasado aunque próximo? ¿Se imaginan que el Ayuntamiento holandés tomara esta decisión en el Amsterdam-Zuid? Muchas veces, incluso “empresas todo incluido” hacen que la labor arquitectónica se diluya, ya no es que sea o no sea el autor original quien actúe, es que uno llega a pensar si de verdad un arquitecto está detrás de algunos de estos envoltorios. Todo esto genera un desdén hacia la propia arquitectura moderna, que pagaremos con una generación de arquitectos perdida, con un mensaje hacia el futuro que ellos dejaron y quedará sin leer en la botella del tiempo y el aislante.
Pero claro, a quién le importa la calle, lo que interesa hoy está en el ordenador, en la tele, y estos edificios, que fueron los decorados de nuestra vida, los recordaremos en nuestra pantalla, si no cambian la visión de Google Maps, claro. Pero eso sí, estaremos todos más calentitos…


